XXV años de CAI Zaragoza por Jesús Cubría
Noviembre 28, 20081 de diciembre de 1983. España en ebullición. Arden las calles. Madrid en Technicolor. El gris ha muerto. La “movida” inunda la noche. En las radios suena la “Chica de ayer” o “Cadillac Solitario“, qué más da. Ese día cambió el basket. Alguien lo dejó escrito al día siguiente, y no se equivocaba. En Zaragoza, en un atestado Palacio de los Deportes, el CAI - “un equipo de provincias“- rompía la hegemonía de los grandes y conquistaba algo más que una Copa del Rey.
Con su victoria anticipaba una nueva era en el baloncesto nacional. El futuro ya estaba aquí. Una generación entera de zaragozanos aprendimos a amar este deporte gracias a los héroes de la Copa. Kevin Magee nos contagió hasta la médula su espíritu rebelde. Saltamos con Jimmy Allen a por cada rebote y estiramos el cuello con cada uno de sus palmeos. Nos empapamos de la anarquía de salón de Manel Bosch, un “Stone” perdido a la orilla del Ebro. Pusimos el corazón en cada finta de la zurda del “Indio” Díaz. Corrimos con el leonés Charly López Rodríguez y empujamos con todo el alma en esa bandeja por encima de Marcellus Starks que nos dio el título. Con los hermanos Arcega, Paquito Zapata y Rafita Martínez Sansegundo sentimos que todo aquello era por encima de todo NUESTRO.
Las imágenes finales están en el subconsciente colectivo de toda una generación que nació esclava pero creció libre. Veo a La “pantera” Magee rompiendo el bombo de Manolo, bebiendo vino de una bota, celebrándolo abrazado al gentío. Al “abuelo” Arcega recogiendo la Copa y perdiendo la tapa. A Leon Najnudel fumando y dirigiendo como el “hombre tranquilo“. A una ciudad ebria de pasión. A Manolito Carpi, JJ Ruiz y Raúl Capablo (”los niños“) con una sonrisa que ya nunca nadie podrá borrar de esa fotografía que en blanco y negro llenó las paredes de mi cuarto durante los últimos años de mi infancia y mi primera adolescencia: cuando todo era sueño, delirio, pasión. Cuando fuimos los mejores.
Y ya han pasado 25 años. Kevin, Rafita y Leon ya no están entre nosotros. Están en el cielo del basket. Que lo hay, no lo duden. Las pachangas allí son brutales. Basta cerrar los ojos e imaginar a Drazen cambiando entre piernas e inventándose a continuación un traspiés para evitar el tapón de Fernando Martín. En un banquillo Leon aplaude y en el otro Red Auerbach enciende un puro. El acta la firma un tal James Naismith, que respira orgulloso.
Igualmente de orgullosos estamos todos los locos del basket, especialmente los aragoneses, que estos días revivimos los días de gloria.
Tener la posibilidad de charlar durantes estos últimos días con personas como el eterno José Luis Rubio o el inefable Manolo Lastiri (genio y figura y artífice de los más impensables “juegos de manos” con una marcador en las manos -sí le guindamos al Barça un punto-…) me ha hecho apreciar aún más si cabe la grandeza de la gesta del antiguo CAI. El brillo en sus ojos define una forma de vida. Gracias a todos ellos muchos somos lo que somos hoy en día: románticos empedernidos que como cantaron los Distrito Catorce creemos que “quedaron atrás los días de gloria. El tiempo pasó pero la ilusión hoy vuelve a brillar en el horizonte, la estrella que no debiste perder…“
En la inmortal ciudad de Zaragoza.
Jesús Cubría. 26/11/2008






